El caso Linz y yo
Juan José Linz y el franquismo: lo que el prestigio académico no demuestra
Desde que dije, y me atreví a escribir, que el franquismo fue un totalitarismo, se empeñan en contradecirme, en contrariarme, en todos los sentidos de la palabra. Apenas se pronuncia el término, cae un nombre: Juan José Linz.
No siempre se me oponen hechos. Se me opone a Linz.
No se examinan necesariamente las instituciones franquistas, sus juramentos, sus tribunales, su policía, su partido único, su ideología obligatoria, su empresa de encuadramiento social y la continuidad de su aparato represivo. Se pronuncia el nombre del sabio y se da la discusión por terminada. Linz habría distinguido los regímenes autoritarios de los regímenes totalitarios. Habría clasificado el franquismo entre los primeros. Su prestigio internacional bastaría, por tanto, para convertir mi tesis en inadmisible.
La fama del señor Linz no me impresiona. La suya menos aún que cualquier otra cuando se pretende sustituir con ella una demostración.
No voy a repetir aquí todos los argumentos en los que apoyo mi calificación del franquismo como totalitarismo. Están desarrollados en otros articulos. La cuestión aquí es distinta: ¿por qué la teoría de Linz debería imponerse como una evidencia superior a los hechos? ¿Quién era ese hombre? ¿Desde dónde escribía? ¿En qué instituciones había sido formado, empleado, distinguido y financiado? ¿Qué lugar ocupaba su teoría en la España franquista? Y, sobre todo, ¿por qué sus contradictores invocan tan gustosamente su prestigio mientras dejan en la sombra su trayectoria?
Un nombre no es una prueba. Una cátedra en Yale no es una prueba. Un premio científico no es una prueba. Son títulos que exigen atención, no obediencia.
Qué entiendo por prueba histórica
Antes de interrogar a Linz, conviene definir qué es una prueba histórica.
Una prueba no es necesariamente una confesión firmada. Puede ser un documento oficial, un decreto, un juramento, un expediente administrativo, una correspondencia contemporánea, una función ejercida, una remuneración recibida, una publicación, una pertenencia institucional o un conjunto de indicios independientes que convergen hacia la misma conclusión.
Un testimonio retrospectivo constituye una fuente. No se convierte en prueba irrefutable porque su autor hable de sí mismo. Las memorias se escriben desde el futuro de quien se cuenta. Seleccionan, justifican, reordenan y, a veces, absuelven. Deben confrontarse con los actos públicos y los documentos contemporáneos.
Esta regla vale para Serrano Súñer. Vale para los magistrados franquistas. Vale para los policías, los militares y los ministros. Vale también, por tanto, para Juan José Linz.
No sería serio aceptar sin examen las memorias tardías de un dignatario franquista y oponerles los archivos. Tampoco sería serio creer a Linz bajo palabra cuando describe retrospectivamente su supuesta falta de identificación con el régimen.
Juan José Linz y su trayectoria dentro de las instituciones franquistas
Linz no fue un simple observador del franquismo. Fue una criatura de sus instituciones, desde el niño flecha de Salamanca hasta el miembro correspondiente del Instituto dirigido por Fraga, y nunca, públicamente, un disidente.
Juan José Linz nació en Bonn en 1926. En 1937, su madre y él se instalaron en Salamanca, capital política de la España sublevada. Su madre se afilió a Falange Española de las JONS y trabajó para Auxilio de Invierno. Linz se convirtió en flecha, es decir, miembro de la organización juvenil falangista. Una reseña universitaria publicada en la revista portuguesa Análise Social menciona también esta militancia juvenil. Carlos Gaspar, «Autoritarismo e Democracia, Juan Linz»
Linz era entonces un niño. No pretendo convertir aquella adhesión temprana en compromiso político adulto. Establece un medio, una socialización y una primera pertenencia. Por sí sola, no bastaría para definir una vida entera.
Pero no quedó aislada.
Ya estudiante, Linz comenzó su servicio en la Milicia Universitaria y juró bandera. Después abandonó esa formación para ingresar voluntariamente como traductor en la Escuela Superior del Ejército. Aquella experiencia le permitió, según su biografía intelectual, familiarizarse con el pensamiento militar y con las relaciones entre el Ejército y el poder civil.
Paralelamente se convirtió en discípulo de Francisco Javier Conde. Este no era un profesor cualquiera. Adherido a la España franquista, integrado en el grupo de intelectuales falangistas, Conde había publicado Espejo del caudillaje y contribuido a la construcción doctrinal del poder personal de Franco. Consiguió para Linz una beca del Instituto de Estudios Jurídicos, le obtuvo un puesto de asistente y, cuando en 1948 asumió la dirección del Instituto de Estudios Políticos, le propuso trabajar allí.
Linz aceptó.
El Instituto de Estudios Políticos: un órgano del partido único franquista
Conviene detenerse en ese Instituto, porque las palabras administrativas sirven a veces para adormecer la desconfianza.
El Instituto de Estudios Políticos había sido creado por Franco el 9 de septiembre de 1939. El decreto lo situaba bajo la dependencia directa de la Junta Política de FET y de las JONS. Su misión consistía en estudiar los problemas del país, asesorar a los órganos del Movimiento y del Gobierno y formar políticamente a los elementos considerados más prometedores de las nuevas generaciones. El Estado debía responder así a «la ambición histórica del Movimiento Nacional». Decreto de 9 de septiembre de 1939
Un estudio publicado en 2019 por la Revista de Estudios Políticos lo describe sin rodeos como un órgano del partido único franquista, encargado de la investigación, la formación de élites y el asesoramiento al partido y al Gobierno. Su sometimiento político era tan profundo que su conservación acabó siendo incompatible con el régimen constitucional surgido de la dictadura. Ángel J. Sánchez Navarro, «Historia de otra transición»
El Instituto pudo acoger a intelectuales de procedencias diversas. Algunos se alejaron después del franquismo. Otros utilizaron los espacios limitados que ofrecía para trabajar, leer y discutir. Pero esa diversidad interna no cambia la naturaleza de la institución. Una prisión puede tener biblioteca sin dejar de ser una prisión. Un órgano del partido único puede dejar circular algunas ideas sin convertirse en una institución independiente.
Linz trabajó durante dos años en la secretaría técnica de aquel Instituto. Sirvió de intermediario con visitantes extranjeros, participó en la preparación de un informe sobre la reforma agraria, tradujo obras, redactó reseñas y elaboró bibliografías. Su propio currículum menciona investigaciones «académicas y prelegislativas» realizadas entre 1948 y 1950. Currículum de Juan José Linz
No fue, por tanto, una presencia accidental en un edificio. Fue un trabajo realizado dentro de un organismo destinado a asesorar al poder franquista y a formar a sus élites.
La carrera académica de Juan José Linz que el régimen hizo posible
Francisco Javier Conde consiguió después para Linz una beca del Ministerio franquista de Asuntos Exteriores para continuar sus estudios en Estados Unidos. Linz quería incorporarse a la New School for Social Research. La embajada de España se opuso, por considerar aquella institución demasiado izquierdista. Finalmente se marchó a Columbia.
El episodio es revelador. El régimen no se limitaba a pagar. Elegía también los límites ideológicos dentro de los cuales podía formarse su becario.
No se trata de afirmar que Columbia fuera franquista, lo cual sería absurdo. Se trata de constatar que la marcha de Linz no fue la de un proscrito, ni la de un refugiado, ni la de un intelectual expulsado por la dictadura. Su estancia estadounidense fue posible gracias a una beca concedida por el Ministerio franquista de Asuntos Exteriores, por intervención del director de un Instituto dependiente del partido único.
Lo que vino después confirma la persistencia de las relaciones institucionales.
En 1962, Linz fue nombrado miembro correspondiente del Instituto de Estudios Políticos. Desde 1965 formó parte del consejo de redacción de la Revista Española de la Opinión Pública. Dirigió investigaciones sobre las élites económicas españolas para la Escuela de Organización Industrial, vinculada a los ministerios de Educación e Industria. En 1967 participó en una investigación sobre la estructura social de España para la Comisaría del Plan de Desarrollo Económico y Social, dependiente de la Presidencia del Gobierno. En 1968 pasó a presidir DATA, sociedad española de encuestas e investigaciones aplicadas.
Eso es lo que establecen los documentos. Linz fue formado, empleado, financiado, distinguido y regularmente solicitado por instituciones franquistas. Mantuvo esas relaciones incluso cuando su carrera estadounidense le proporcionaba una independencia y una seguridad de las que no disponían los universitarios que permanecían en España.
No pretendo entrar en la conciencia de Linz ni decidir qué pensaba cada mañana al mirarse al espejo. Constato una trayectoria pública, y solo esa. Ahora bien, uno es lo que hace, y toda la vida de Linz giró en torno al franquismo: formado por sus instituciones, empleado por ellas, enviado a estudiar a sus expensas, distinguido por ellas, sin haber producido jamás de su puño y letra una ruptura pública proporcionada a esa integración. No digo, por tanto, qué creía en el fondo, porque no lo sé, y nadie lo sabe. Digo lo que fue. Y lo que fue son esos actos.
Juan José Linz y la negación retrospectiva de su relación con el régimen
Existe una objeción. Debe exponerse.
Linz contó en 1991 que, al ingresar en el Instituto de Estudios Políticos en 1948, habría declarado a Conde que no sentía ninguna identificación política con el Movimiento. Conde le habría respondido que eso le importaba poco.
La escena es perfecta. Salva la independencia moral del joven sabio y preserva al mismo tiempo la generosidad intelectual de su maestro. Pero fue contada cuarenta y tres años después de los hechos. Reposa sobre la palabra del propio interesado. Refiere una conversación privada sin testigo ni documento contemporáneo conocido. No anula ni el empleo aceptado, ni las misiones realizadas, ni la beca obtenida, ni las relaciones institucionales mantenidas.
Hay que concederle, por tanto, su valor exacto: es un testimonio retrospectivo, no un acto contemporáneo de ruptura.
La biografía favorable a Linz afirma asimismo que sus lecturas de Kelsen y sus estancias en Francia, en 1949 y 1950, lo llevaron a cuestionar los principios autoritarios del régimen. Es posible. Un hombre puede dudar. Puede evolucionar. Puede incluso acabar condenando aquello a lo que sirvió.
Pero las convicciones privadas no borran los actos públicos. Si Linz rompió con el franquismo, esa ruptura debería poder fecharse, documentarse y compararse con la continuidad de sus relaciones con las instituciones franquistas. Una conversión política no se presume. Se demuestra.
La teoría del «régimen autoritario» y el caso español
Desde esa trayectoria elaboró Linz su teoría del «régimen autoritario».
Presentada en 1963 durante un coloquio en Finlandia y publicada en inglés en 1964, definía los regímenes autoritarios mediante varios rasgos: un pluralismo político limitado, la ausencia de una ideología directriz fuertemente elaborada, una escasa movilización política y el ejercicio del poder por un jefe o un pequeño grupo dentro de límites jurídicamente mal definidos pero relativamente previsibles.
La construcción era erudita. Permitía distinguir entre dictaduras tradicionales, regímenes militares, ciertos sistemas autoritarios y los totalitarismos modernos. Tuvo una fecundidad real dentro de la ciencia política. Sería inútil negarlo.
Pero una teoría puede ser intelectualmente fecunda e históricamente complaciente. Puede iluminar ciertos fenómenos mientras oscurece otros. Puede producir una tipología pertinente y servir simultáneamente como instrumento de legitimación.
En el caso del franquismo, cada uno de los criterios seleccionados por Linz merece ser puesto del revés.
Un «pluralismo limitado» entre vencedores
El «pluralismo limitado» del régimen designaba principalmente la coexistencia de familias franquistas: falangistas, militares, monárquicos, tradicionalistas, católicos y tecnócratas. Pero la rivalidad entre los componentes de una coalición vencedora no constituye pluralismo político.
Republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas, nacionalistas vascos y catalanes, sindicalistas independientes y liberales hostiles al régimen no eran socios limitados del sistema. Estaban prohibidos, encarcelados, exiliados, vigilados o ejecutados.
La pluralidad de los carceleros no hace pluralista a la prisión.
Una ideología que pretende no serlo
Linz distinguía la ideología directriz de los regímenes totalitarios de la simple «mentalidad» de los regímenes autoritarios. Ahora bien, el franquismo impuso un conjunto doctrinal identificable: nacionalcatolicismo, culto al Caudillo, anticomunismo, antiliberalismo, unidad nacional, concepción orgánica de la sociedad, negación de la soberanía popular, exaltación de la Cruzada y fidelidad a los principios del Movimiento.
En 1958, esos principios fueron promulgados en forma de Ley Fundamental. Se definieron como permanentes e inalterables. Los funcionarios y titulares de cargos públicos tuvieron que jurar fidelidad a ellos. Ley Fundamental de 17 de mayo de 1958
Un régimen que graba su doctrina en sus Leyes Fundamentales, obliga a sus servidores a jurarle fidelidad, controla la enseñanza, prohíbe los partidos, censura la prensa y define la comunidad nacional por la adhesión a los ideales de su «Cruzada» no carece de ideología. Posee una ideología lo bastante poderosa como para hacerse pasar por el orden natural de las cosas.
La desmovilización producida por la represión
Linz veía en la escasa movilización política otro rasgo autoritario. Pero la apatía aparente de una población sometida a la censura, la policía política, los tribunales militares, los despidos, las prohibiciones profesionales y el miedo no puede interpretarse como una simple ausencia de movilización totalitaria.
El silencio obtenido mediante la represión no es un silencio espontáneo.
El franquismo movilizó primero: partido único, Frente de Juventudes, Sección Femenina, sindicato vertical, ceremonias, uniformes, prensa controlada, enseñanza confesional, juramentos, concentraciones y culto al jefe. Después desmovilizó aquello que ya había sometido. Transformó el entusiasmo exigido en obediencia rutinaria.
Esa evolución no demuestra que el sistema hubiera cambiado de naturaleza. Demuestra que una máquina sólidamente instalada ya no necesita hacer desfilar cada día a quienes tiene sujetos.
¿Límites previsibles para quién?
Linz describía, por último, un poder ejercido dentro de límites formalmente mal definidos pero relativamente previsibles. Habría que preguntar a los condenados por consejos de guerra, a los detenidos torturados por la Brigada Político-Social, a las familias de los fusilados y a los opositores castigados por leyes retroactivas qué significaba exactamente aquella previsibilidad.
El régimen tenía sus reglas. Pero esas reglas no limitaban el poder. Organizaban su arbitrariedad.
1974: la publicación española de Linz bajo la dirección de Fraga
La versión española de la teoría apareció en 1974, en vida de Franco, con el título Una teoría del régimen autoritario. El caso de España. Fue publicada entre las páginas 1467 y 1531 de La España de los años 70, en el volumen dedicado al Estado y la política. La obra estaba codirigida por Manuel Fraga Iribarne, Juan Velarde Fuertes y Salustiano del Campo. Ficha bibliográfica de la obra
Manuel Fraga no era un universitario encontrado por casualidad en un coloquio. El decreto de 2 de febrero de 1961 lo había nombrado, según las propias palabras del Boletín Oficial del Estado, «camarada Manuel Fraga Iribarne», director del Instituto de Estudios Políticos. El decreto procedía de la Secretaría General del Movimiento. Decreto 162/1961
Linz se convirtió en miembro correspondiente de aquel Instituto en 1962. El 10 de julio del mismo año, Franco nombró a Fraga ministro de Información y Turismo. Pasó así a ser uno de los principales responsables del control de la información y de la modernización de la imagen internacional del régimen. Decreto 1500/1962
No pretendo afirmar que Fraga dictara su teoría a Linz. No poseo ni carta ni contrato que establezca semejante encargo. La hipótesis, además, no es necesaria.
El hecho pertinente es más simple: una teoría que retiraba al franquismo de la categoría más infamante de los regímenes políticos del siglo XX fue publicada en España, bajo Franco, dentro de una obra codirigida por uno de los principales responsables políticos e ideológicos de la dictadura.
Un estudio dedicado a la categorización del franquismo señala que la interpretación de Linz fue acogida favorablemente por el régimen y ampliamente difundida en publicaciones de hombres que le eran fieles. «La categorización política del franquismo»
La teoría no necesitaba haber sido encargada para resultar útil. Un poder no fabrica siempre las ideas que le sirven. A veces le basta con reconocerlas, seleccionarlas, publicarlas y ofrecerles un escenario.
Linz aportaba la categoría. Fraga le ofrecía su escenario español.
El blanqueamiento conceptual del franquismo
Después de 1945, la palabra totalitario se había convertido en un lastre para el franquismo. Franco, 1936: cuatro días para el poder absoluto. El régimen había proclamado su admiración por la Italia fascista y la Alemania nazi, adoptado su vocabulario, recibido su ayuda militar y reivindicado su propia vocación totalitaria. Pero la derrota del Eje obligó a cambiar el decorado.
Había que presentarse de otro modo.
La dictadura se descubrió católica antes de haber sido fascistizante, occidental antes de haber admirado a Hitler, anticomunista antes de haber sido aliada de Mussolini. Más tarde se proclamó tecnocrática, modernizadora y casi pluralista. No renunció a su poder. Cambió la etiqueta.
La categoría linziana del régimen autoritario llegaba en el momento oportuno. No convertía a Franco en demócrata, lo cual habría sido grotesco. Hacía algo más sutil: lo separaba de Hitler y Mussolini, lo desplazaba hacia una categoría intermedia y permitía presentar su régimen como menos ideológico, menos movilizador y, por consiguiente, menos radical.
Dentro de una tipología universitaria, autoritario y totalitario pueden ser dos categorías descriptivas. En el espacio público, se convierten inevitablemente en grados de una escala moral. El régimen autoritario parece menos absoluto, menos monstruoso, menos criminal. La matización científica produce entonces un beneficio político.
Ese beneficio no anula el valor analítico de la obra de Linz. Solo impide presentarla como una palabra caída de un cielo universitario sin historia, sin contexto y sin efectos.
¿Es esto un ataque personal contra Linz?
Sin duda se me acusará de cometer un razonamiento ad hominem. La respuesta es sencilla.
No digo que la teoría de Linz sea falsa porque Linz trabajara para instituciones franquistas. Digo que su teoría debe discutirse a partir de sus criterios, confrontarse con los hechos y situarse en las condiciones políticas de su producción y recepción.
El error ad hominem consistiría en responder a una demostración mediante un ataque a la persona. Pero mis contradictores, con demasiada frecuencia, no me presentan ninguna demostración. Me presentan a la persona como argumento: «Linz lo dijo, luego usted está equivocado».
Ese es precisamente el privilegio que rechazo.
Puesto que se me opone su autoridad, examino cómo se fabricó esa autoridad. Puesto que se me pide creer en su neutralidad, interrogo su lugar de enunciación. Puesto que se invoca su prestigio como prueba, recuerdo que el prestigio también tiene una historia institucional.
La biografía no sustituye la crítica de la teoría. Forma parte de ella cuando la teoría trata precisamente del régimen que formó, empleó, financió y reconoció a su autor.
Linz y yo: prestigio académico frente a documentos
Yo no soy Juan José Linz. No he enseñado en Yale. No he recibido el Premio Príncipe de Asturias. Ningún instituto lleva mi nombre. Esa asimetría es precisamente lo que algunos querrían convertir en argumento.
Ellos tendrían al sabio. Yo solo tendría los documentos.
Pero la historia no se decide por el número de títulos escritos bajo un nombre. La prueba no conoce precedencias universitarias ni sillones reservados. Un decreto sigue siendo un decreto aunque lo lea un desconocido. Un juramento sigue siendo un juramento aunque un profesor célebre prefiera mirar hacia otra parte. Una sentencia de muerte no cambia de naturaleza según el prestigio de quien la clasifica.
No tengo ninguna razón para inclinarme ante Linz. Tengo razones para leerlo, comprender la fuerza de su construcción y medir su influencia. No tengo ninguna razón para convertir esa influencia en dogma.
Admito de buen grado que Linz fue un gran sociólogo. Constato también que fue un intelectual surgido de las instituciones franquistas, beneficiario de su confianza y autor de una teoría que el régimen acogió favorablemente. Las dos afirmaciones no se anulan. Componen el problema.
El sabio tenía una historia. Su teoría llevaba su sombra.
Que se discutan por fin los hechos
No pido que la obra de Linz sea borrada. Pido que su nombre deje de utilizarse como mordaza.
Que se examine su «pluralismo limitado» a la luz del partido único y de la prohibición de las oposiciones. Que se confronte su ausencia de ideología directriz con los principios obligatorios del Movimiento Nacional. Que se mida su escasa movilización frente al miedo, la censura y la represión. Que se comparen sus límites supuestamente previsibles con los consejos de guerra, las torturas policiales y las leyes retroactivas. Que se sitúe, por fin, la publicación española de 1974 dentro del aparato intelectual dirigido por Manuel Fraga.
Entonces discutiremos.
Pero si la única objeción consiste en decirme que Juan José Linz era mundialmente célebre, mi respuesta será breve: la fama de un hombre no modifica la naturaleza de un régimen.
Se me opone a Linz como quien blande un relicario. Yo solo pido que se abra la caja.
Dentro no hay una verdad revelada. Hay una teoría, su autor, su trayectoria, sus instituciones, sus silencios y el uso político que el franquismo hizo de su obra.
Todo eso debe juzgarse conjuntamente.
La documentación instruye. El prestigio impresiona. Solo los hechos deciden.