Franquismo totalitario: cuando el régimen se define a sí mismo
Arendt, el Fuero del Trabajo y una palabra que el franquismo eligió para sí mismo
«El Estado, nacional en cuanto es instrumento totalitario al servicio de la integridad de la patria.»1
Fuero del Trabajo, 9 de marzo de 1938.
He dicho y escrito que el franquismo fue una dictadura totalitaria. Se me opone una y otra vez la clasificación de régimen autoritario, concediendo a veces que existió durante sus primeros años una «tentación», una «fase» o una «veleidad» totalitaria que posteriormente habría desaparecido. Antes de volver a las instituciones hay que detenerse en la palabra, porque aquí intervienen dos fuentes de naturaleza completamente distinta: Hannah Arendt, que construyó una de las teorías más exigentes de la dominación totalitaria, y el propio régimen franquista, que se calificó a sí mismo mediante ese vocabulario.
La probidad obliga a empezar por lo incómodo: Arendt no clasificó la España de Franco como régimen totalitario. La situó expresamente entre las dictaduras no totalitarias. No la invoco, por tanto, como autoridad que hubiera dictado sentencia a nuestro favor. La utilizo para algo intelectualmente más interesante: formular la pregunta correcta. Y después dejo hablar a Franco y a sus leyes.
Arendt no nos da la respuesta: nos da el problema
En The Origins of Totalitarianism, Arendt distingue la dominación totalitaria de la tiranía, el despotismo y la dictadura tradicional. No se trata simplemente de una dictadura más violenta. El totalitarismo pretende transformar las condiciones mismas dentro de las cuales los seres humanos pueden actuar, pensar y aparecer como individuos. La ideología sustituye progresivamente a la experiencia; una lógica cerrada pretende deducir el mundo a partir de una idea; el terror deja de ser únicamente un instrumento contra adversarios concretos y se convierte en elemento constitutivo de la dominación.2 Arendt llega a formular la ambición de dominar al ser humano en «every aspect of their life», en todos los aspectos de su existencia, y sitúa en la destrucción de la espontaneidad uno de los horizontes de la dominación total.3
Pero también escribe, sin ambigüedad, que la España de Franco pertenece a las «similar nontotalitarian dictatorships», las dictaduras semejantes no totalitarias de la Europa autoritaria.4 Sería, por tanto, deshonesto escribir: Arendt demuestra que Franco era totalitario. No lo dice. Nuestra pregunta es otra: ¿qué ocurre si confrontamos hoy sus criterios con los textos jurídicos, doctrinales e institucionales que el franquismo produjo sobre sí mismo?
1936: Franco ya emplea la palabra
El vocabulario no aparece por primera vez en el Fuero del Trabajo. El 1 de octubre de 1936, en el momento mismo en que acaba de recibir los poderes del nuevo Estado sublevado, Franco anuncia: «España se organiza dentro de un amplio concepto totalitario de unidad y continuidad». Y asocia ese proyecto a un régimen de autoridad y jerarquía, sustituyendo el sufragio político liberal por otras formas jerárquicas y corporativas de expresión de la voluntad nacional.5
El punto es esencial. El término totalitario no será adherido al régimen después de Auschwitz, de la derrota del Eje o de la elaboración de las grandes tipologías universitarias de posguerra. Franco lo utiliza en octubre de 1936 para hablar del Estado que pretende construir. Eso no demuestra todavía que el Estado efectivamente realizado corresponda al tipo ideal de Arendt, pero destruye ya una objeción: «totalitario» no es un anacronismo léxico impuesto al franquismo por sus adversarios.
1938: el proyecto entra en el derecho
Dos años después, la palabra política se convierte en texto normativo. El Fuero del Trabajo de 9 de marzo de 1938, aprobado por decreto y publicado al día siguiente en el Boletín Oficial del Estado, presenta al nuevo Estado como «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria». Esta vez no estamos ante una fórmula pronunciada en un discurso circunstancial. El texto pertenece al derecho fundacional del régimen y expone el modelo social que el Estado pretende organizar: subordinación de la economía a la política nacional, organización corporativa del trabajo, integración sindical y definición de un orden social presentado como superior al conflicto de clases.1
La secuencia resulta difícil de reducir a una simple extravagancia retórica: 1936: «amplio concepto totalitario». 1938: «instrumento totalitario». El término pasa del proyecto anunciado a la autodefinición jurídica.
La autodefinición no basta
Hay que poner inmediatamente el límite. Un Estado no es necesariamente aquello que dice ser. La República Democrática Alemana no era democrática porque esa palabra figurase en su nombre, y Mussolini utilizó el vocabulario del «Estado totalitario» sin que Arendt considerase la Italia fascista como realización acabada del totalitarismo. La frase del Fuero constituye, por tanto, una fuente primaria mayor sobre la intención del régimen. No constituye por sí sola el veredicto historiográfico.
La verdadera pregunta es: ¿el aparato construido corresponde a la pretensión proclamada por el régimen? Ahí comienza la prueba.
«Una, Grande y Libre»: tres palabras para ordenar lo real
El programa franquista se condensa también en una fórmula más conocida: España, Una, Grande y Libre. El Fuero del Trabajo retoma expresamente los principios de Unidad, Libertad y Grandeza de España.6 No son únicamente decoración retórica. Designan tres operaciones políticas.
Una. La pluralidad territorial, lingüística, política y doctrinal solo es tolerable mientras no compita con la unidad definida por el poder. Franco habla desde 1936 de una «unidad absoluta de la Patria». El castellano se convierte en lengua oficial de esa unidad y el euskera, el catalán y el gallego son expulsados o severamente restringidos en numerosos ámbitos de la vida pública. La misma lógica produce una comunidad nacional moralmente definida: la España legítima frente a la anti-España, separatista, marxista, liberal, masónica, atea o simplemente disidente según los periodos y los textos.
Grande. El presente se legitima mediante una restauración: Imperio, Siglo de Oro, grandeza católica, unidad perdida. El nuevo Estado se presenta menos como una invención que como el regreso a una esencia española supuestamente traicionada por el liberalismo y la República. Libre. El término no designa las libertades políticas individuales suprimidas por el régimen. Designa ante todo una soberanía colectiva: una España que se declara liberada del marxismo, la masonería, el liberalismo, el separatismo y las influencias consideradas extrañas a su esencia. La libertad deja de ser principalmente la del individuo. Se convierte en una cualidad de la nación definida por quienes deciden qué debe ser la nación.
La pregunta decisiva: ¿sobre qué pretende tener competencia el poder?
Por eso no defino aquí el totalitarismo por un umbral de muertos, campos o concentraciones de masas. Sería confundir la naturaleza de un proyecto con su balance cuantitativo. La cuestión decisiva es otra: ¿hasta dónde pretende definir el poder lo que es legítimo?
Nación. Religión. Educación. Trabajo. Sindicato. Familia. Sexualidad. Papeles masculinos y femeninos. Juventud. Prensa. Cultura. Lengua. Moral. Enemigo interior. Fidelidad política.
El franquismo no trata estos dominios como simples espacios sociales independientes del Estado. Los transforma en objetos de definición política, jurídica o administrativa. Es mucho más significativo que contar cuántos mítines organiza cada año.
De la cuna a la tumba: una red de instituciones
Observemos al español ordinario. No a Franco, al ministro ni al miembro del Consejo Nacional del Movimiento, sino al individuo sobre el que ese Estado pretende actuar. La infancia encuentra la escuela nacionalcatólica, el catecismo, el Frente de Juventudes, la Sección Femenina y distintas organizaciones de asistencia y encuadramiento. El trabajador entra en la Organización Sindical Española, el sindicato vertical, que suprime el sindicalismo libre y pretende reunir empresarios y trabajadores dentro de una misma estructura jerarquizada.
El régimen interviene en el orden familiar y matrimonial, institucionaliza una normalidad católica y concede a la Iglesia una posición jurídica y social privilegiada que culminará con el Concordato de 1953. No conviene simplificar esa relación hablando de una Iglesia puramente absorbida por el Estado: el nacionalcatolicismo descansa también sobre una alianza de poderes, privilegios recíprocos y zonas de autonomía eclesiástica. Esa complejidad constituye precisamente uno de los argumentos utilizados contra la calificación totalitaria y debe estudiarse, no borrarse.
Para las mujeres, la Sección Femenina y el Servicio Social participan en la definición oficial del papel femenino. Para aquellas que el orden moral clasifica como desviadas existe, entre otras instituciones, el Patronato de Protección a la Mujer. Para diversas categorías declaradas peligrosas o indeseables, el régimen hereda, transforma y endurece instrumentos como la Ley de Vagos y Maleantes, y adopta después la legislación de 1970 sobre peligrosidad y rehabilitación social. Para el adversario político existen paralelamente policía, jurisdicciones especiales, cárcel, tortura, ejecución, incapacidades civiles, confiscaciones y mecanismos de control profesional y administrativo.
Lo importante no es que un único ministerio gobierne personalmente cada gesto de cada español. Lo importante es la arquitectura acumulativa: instituciones diferentes participan en la definición de un mismo orden legítimo.
Pluralidad de instituciones no significa necesariamente pluralismo
Aquí la discusión con Linz vuelve a ser útil. La existencia de la Iglesia, el Ejército, la Falange, los monárquicos, los tradicionalistas o, más tarde, los tecnócratas no basta para establecer un pluralismo político en sentido fuerte. Hay que preguntar qué pueden realmente cuestionar esos grupos.
¿Pueden poner en cuestión al Caudillo? ¿El monopolio político del Movimiento? ¿La prohibición de los partidos? ¿La destrucción de la soberanía republicana? ¿El principio de unidad nacional? ¿El sistema sindical impuesto? ¿La legitimidad de la sublevación?
Pueden competir por ministerios, clientelas, orientaciones económicas o influencia doctrinal. Eso demuestra la existencia de conflictos internos. No demuestra necesariamente la existencia de pluralismo político.
El totalitario no se mide por el ruido de la movilización
Otro argumento clásico señala que la España franquista no mantiene durante treinta y nueve años el mismo grado de movilización fascista, ceremonial colectivo o exaltación falangista. Es cierto. El saludo oficial con el brazo extendido, reglamentado en 1937, deja de ser obligatorio en septiembre de 1945.7 El cambio no es insignificante y se produce precisamente cuando las potencias fascistas europeas acaban de ser derrotadas.
Pero la desaparición de un gesto no demuestra por sí sola la desaparición del aparato que le sobrevive. El sindicato vertical no desaparece en 1945. El partido único tampoco. Franco tampoco. La censura tampoco. Las jurisdicciones políticas tampoco. El encuadramiento de la escuela, el trabajo y la moral familiar tampoco desaparece con el saludo fascista. El régimen modifica su estética internacional mucho más deprisa que sus estructuras de poder.
1945: adaptación o cambio de naturaleza
La derrota de la Alemania nazi y la Italia fascista obliga a la dictadura española a modificar vocabulario, signos exteriores y estrategia diplomática. Este es uno de los principales puntos de inflexión para comprender la controversia historiográfica. La pregunta no debe formularse de manera rudimentaria: «¿Franco es exactamente el mismo en 1938 y en 1965?» Ningún régimen que dure treinta y nueve años permanece idéntico.
La cuestión correcta es: ¿qué elementos del proyecto inicial desaparecen realmente y cuáles cambian únicamente de lenguaje o de modo de funcionamiento? Eso deberá establecerse institución por institución. De lo contrario, se corre el riesgo de confundir desmovilización con destotalización, disminución del ceremonial con abandono del monopolio político, adaptación diplomática con renuncia doctrinal.
Arendt contra nuestra tesis: precisamente por eso resulta útil
Hay que conservar la dificultad en vez de esconderla. Arendt no clasifica a Franco entre los regímenes totalitarios. Es un argumento serio contra nuestra tesis. Pero ese desacuerdo nos obliga a demostrar más. No podemos escribir: «el régimen se decía totalitario, luego lo era». Tenemos que demostrar: «el régimen se decía totalitario; veamos ahora qué construyó para realizar esa pretensión».
Es mucho más sólido. El Fuero del Trabajo se convierte así no en nuestra conclusión, sino en nuestra pieza n.º 1.
El régimen habla; ahora deben declarar las instituciones
La Falange. El partido unificado. El Caudillo. El sindicato vertical. Los Fueros. La escuela. La juventud. La Sección Femenina. La familia. La Iglesia. La prensa. La policía. La magistratura. El Ejército. Los juramentos. Los Principios del Movimiento. La legislación del enemigo político y social.
Cada una de estas piezas deberá responder a la misma pregunta: ¿busca únicamente obtener obediencia o participa en la definición total del orden social legítimo?
Ahí se decidirá realmente la calificación. La frase de 1938 permanece, sin embargo, ante nosotros:
«instrumento totalitario al servicio de la integridad patria».
La prudencia histórica impide convertirla en prueba suficiente. La misma prudencia impide actuar como si nunca hubiera sido escrita.
Notas y fuentes
- España, «Decreto aprobando el Fuero del Trabajo formulado por el Consejo Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.», Boletín Oficial del Estado, n.º 505, 10 de marzo de 1938, pp. 6178-6181. El preámbulo define al Estado como «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria». El texto oficial precisa que el Fuero fue formulado por el Consejo Nacional de FET y de las JONS sobre una ponencia del Gobierno. BOE-A-1938-3093 ↩
- Hannah Arendt, The Origins of Totalitarianism, Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich, 1973, especialmente cap. XIII, «Ideology and Terror: A Novel Form of Government», pp. 461-474. Arendt distingue la dominación totalitaria de las formas tradicionales de tiranía, despotismo y dictadura y define la ideología como «the logic of an idea». ↩
- Ibid., pp. 456-457 y 474. Arendt analiza la ambición de dominar a los seres humanos en todos los aspectos de su vida y sitúa la destrucción de la espontaneidad en el horizonte de la dominación total. Su análisis reserva, sin embargo, al sistema concentracionario la realización experimental extrema de esa dominación. ↩
- Ibid., p. 309. Arendt menciona expresamente «Portugal and Franco Spain» entre las «similar nontotalitarian dictatorships». Esta clasificación debe conservarse íntegramente: el presente artículo discute su aplicación al franquismo; no atribuye a Arendt una conclusión que ella no sostuvo. ↩
- Alocución radiada de Francisco Franco, 1 de octubre de 1936. La prensa contemporánea reproduce la fórmula «España se organiza dentro de un amplio concepto totalitario de unidad y continuidad» y la caracterización del nuevo régimen en términos de autoridad y jerarquía. Véase, entre otras fuentes contemporáneas, Correo de Mallorca, 2 de octubre de 1936. ↩
- Fuero del Trabajo, BOE n.º 505, 10 de marzo de 1938, p. 6178. El preámbulo anuncia el cumplimiento de las «consignas de Unidad, Libertad y Grandeza de España». ↩
- El Decreto n.º 263 de 24 de abril de 1937 reguló el «saludo nacional». El Decreto de 11 de septiembre de 1945 derogó su obligatoriedad y las disposiciones complementarias, Boletín Oficial del Estado, n.º 257, 14 de septiembre de 1945, p. 1726. Facsímil del BOE ↩
- Juan J. Linz, «An Authoritarian Regime: Spain», en Erik Allardt y Yrjö Littunen (dirs.), Cleavages, Ideologies and Party Systems, Transactions of the Westermarck Society, vol. 10, 1964, pp. 291-341; y Totalitarian and Authoritarian Regimes, Boulder/Londres, Lynne Rienner, 2000.