«España, Una, Grande y Libre»: el totalitarismo español
Por qué la dictadura de Franco fue un totalitarismo y no un simple autoritarismo
Los regímenes autoritarios y totalitarios no se limitan a gobernar por la fuerza. Gobiernan también mediante la palabra. El lema oficial del franquismo, «España, Una, Grande y Libre», heredado de Falange, no es una simple fórmula propagandística. Es un condensado ideológico y, tanto por su estructura como por su semántica, entrega la gramática misma del totalitarismo que atravesó la Europa del siglo XX. Al descomponer esas tres palabras y su liturgia, aflora por analogía toda la mecánica de los regímenes totalitarios.
Queda una objeción, la más seria, la que Juan José Linz formuló en 1964 a partir del propio caso español: el franquismo sería un régimen «autoritario», no «totalitario». Este ensayo hace, por tanto, dos cosas. Primero descifra la matriz, término por término, comprobándola en las instituciones reales del régimen. Después afronta la objeción, no para esquivarla, sino para darle la vuelta. Porque el mejor argumento del adversario, una vez examinado, puede convertirse en la mejor prueba de lo contrario.
«Una»: monismo, unidad nacional y eliminación del pluralismo
La primera palabra establece el fundamento ontológico del totalitarismo: el monismo. El régimen no tolera división ni alteridad. En el plano territorial, aplasta las identidades regionales —catalana, vasca, gallega—. En el plano espiritual, fusiona Estado e Iglesia en el nacionalcatolicismo. En el plano social, suprime el pluralismo de clase encerrando a patronos y obreros en un sindicato único, la Organización Sindical llamada «vertical», instituida en 1940. En el plano del pensamiento, encomienda a la escuela la fabricación de un español conforme. Toda disidencia se convierte entonces en una patología, una «anti-España» que hay que extirpar.
Esta búsqueda de lo Uno es el corazón palpitante del nazismo, con la Volksgemeinschaft, la comunidad del pueblo, y la Gleichschaltung, la puesta al paso de la sociedad alemana desde 1933. Allí donde el franquismo persigue a la «anti-España», el nazismo persigue al Volksschädling, el parásito del pueblo, y el estalinismo al «enemigo del pueblo». Para el filósofo Claude Lefort, el totalitarismo es precisamente el fantasma del «Pueblo-Uno»: la democracia acepta el conflicto y la división; el totalitarismo suelda el cuerpo social alrededor de una identidad única y declara ilegítimo todo aquello que la hiere.1 La prohibición de las lenguas regionales, el sindicato vertical y la escuela separada encuentran aquí su unidad: tres fusiones, una sola voluntad.
«Grande»: mito imperial, palingenesia y nacionalismo franquista
El segundo término convoca el Siglo de Oro. El franquismo se construye sobre el rechazo de la «decadencia» republicana y promete la resurrección de un imperio temido y respetado. El pasado es instrumentalizado para legitimar una restauración futura. Roger Griffin define el fascismo como un «ultranacionalismo palingenético», una ideología obsesionada por el renacimiento de una nación supuestamente caída.2 El Grande franquista es hermano de la Romanità mussoliniana, que justificaba la conquista de Etiopía en nombre de Roma, y del Tausendjähriges Reich, el Reich de mil años, tercera encarnación de un destino germánico eterno. La grandeza nunca es un estado de hecho, sino una tensión escatológica que exige al individuo sacrificarse ante un mito superior.
Ese renacimiento tuvo dos infraestructuras concretas. Primero, la escuela, que enseñó la Reconquista, los Reyes Católicos y el Siglo de Oro como un destino nacional que debía resucitar. Después, el cuerpo de las mujeres, porque un imperio por rehacer exige nacimientos. El natalismo no fue un suplemento moral; fue la infraestructura biológica de la «Grandeza»: la mujer se convirtió en matriz de la nación renaciente, destinada a poblar aquello que la propaganda prometía reconquistar.3
«Libre»: cómo el franquismo convirtió la sumisión en libertad
Es el término más revelador. La «libertad» franquista no es individual, ni de expresión, ni de asociación. Es una libertad colectiva y negativa: la independencia de la nación frente a amenazas exteriores —comunismo, masonería, liberalismo—. Para ser «libre» hacia fuera, el español debe quedar totalmente sometido hacia dentro. Aquí se alcanza la lógica ideológica descrita por Hannah Arendt y aquello que Orwell llamará neolengua: el totalitarismo destruye el sentido de las palabras para imponer su realidad.4 El régimen emplea «Libre» exactamente como la llamada República «Democrática» Alemana empleaba «democrática», o la Unión Soviética sus «tribunales populares».
Pero aquí la inversión no es supuesta: es textual, y el régimen la firmó de su puño y letra. El Fuero del Trabajo de 1938 promete «liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica».5 El confinamiento rebautizado como liberación, en la lengua misma del poder. El sindicato único procedió del mismo modo, pretendiendo «liberar» al obrero de la lucha de clases al retirarle el derecho de huelga y de asociación. Dos veces llamó el régimen «libertad» a lo que era sometimiento, y dos veces la prueba se encuentra en sus propios textos. Es la libertad del bloque monolítico, la del campo donde, como escribió Primo Levi, ya no hay «por qué».
La liturgia franquista: consignas, masas y religión política
El lema no estaba hecho para ser leído, sino coreado. El ritual de llamada y respuesta —«¡España!» y la multitud respondiendo «¡Una!»— es un catecismo político en el que la masa responde mecánicamente al impulso del jefe. Es la «religión política» que Emilio Gentile describió en el corazón de los regímenes totalitarios.6 Se oye allí el eco de los mítines de Núremberg escenificados por Leni Riefenstahl, donde se coreaba «Ein Volk, ein Reich, ein Führer», y de la gestualidad de Mussolini lanzando «Credere!» a una multitud que respondía «Obbedire! Combattere!». Los juramentos de fidelidad al Caudillo y la educación catequética de la escuela española participan del mismo gesto. La palabra ya no es un instrumento de comunicación, sino de movilización: el formato pregunta-respuesta cortocircuita la razón, el individuo se disuelve en la masa, ya no piensa, recita. Es la ambición que Arendt atribuía al totalitarismo: transformar la pluralidad humana en un solo Hombre.
La teoría de Linz sobre el franquismo autoritario y sus límites
Hay que dar al adversario su forma más fuerte. Linz no fue un ingenuo, y su categoría de «autoritarismo» domina todavía buena parte de la historiografía. Distinguía el régimen autoritario del totalitarismo por tres rasgos: pluralismo limitado en lugar de monismo, una «mentalidad» en lugar de una ideología elaborada y una movilización escasa en lugar del enrolamiento permanente.7 Ahora bien, los dos últimos rasgos caen por sí solos al leer lo que precede. El lema como condensado ideológico y el nacionalcatolicismo arruinan la tesis de una simple «mentalidad» sin ideología. La liturgia, los juramentos, la Sección Femenina y el encuadramiento de la juventud arruinan la de la escasa movilización.8 Queda el primer criterio, el pluralismo, y ahí se juega todo.
Se objeta que el franquismo albergaba varias «familias» —Falange, Iglesia, Ejército, monárquicos, tecnócratas— y que esa diversidad interna impediría hablar de monismo. El argumento confunde dos cosas. La coexistencia de varias familias dentro de un poder no es pluralismo. El propio nazismo estuvo atravesado por la competencia entre sus aparatos y clientelas, esa policracia que Franz Neumann describió en Behemoth.9 Pero esas rivalidades solo enfrentaban a servidores de un mismo monopolio, nunca a concepciones políticas autorizadas a impugnarlo. Lo mismo ocurre con las familias franquistas: se disputaban el favor del Caudillo, no su derecho a gobernar. Pretendientes al mismo trono, no partidos reconocidos para derribarlo.
La Iglesia bajo Franco: autonomía aparente y disidencia castigada
El mejor argumento contrario no se refiere a las facciones, sino a las instituciones preexistentes con las que el régimen convivió sin crearlas. Sobre todo la Iglesia, dotada de una legitimidad procedente de otro lugar, de Roma, y que después del Concilio Vaticano II tomó distancias. Pero la pregunta correcta no es si la Iglesia conservó cierta autonomía. Es si el régimen reconoció alguna vez su derecho a impugnarlo. La respuesta es no, desde el primer mes hasta la agonía.
Desde 1936, la disidencia clerical fue castigada. Dieciséis sacerdotes vascos fueron fusilados ese año, cifra admitida por la propia propaganda franquista, que la juzgaba «moderada».10 Seis obispos adoptaron posiciones distintas de las del resto de la jerarquía —Múgica, Vidal i Barraquer, Segura y otros tres— y por ello conocieron el exilio o la persecución. Múgica, aunque favorable al levantamiento, denunció la ilegitimidad de la sublevación y fue expulsado de España ya en 1936. Se negó, junto con Vidal i Barraquer, a firmar la Carta Colectiva de los obispos del 1 de julio de 1937, suscrita por cuarenta y ocho prelados, y escribió a la Santa Sede que la Iglesia, en la España de Franco, no era libre.11 El testigo más autorizado rechazaba él mismo la tesis de la autonomía. Decenas de sacerdotes fueron encarcelados y, hasta los últimos años, el régimen mantuvo en Zamora una prisión concordataria reservada a clérigos recalcitrantes, entre 1968 y 1976.12
El principio se lee sin resto. Allí donde la Iglesia se sometió, fue fusionada y recompensada: nacionalcatolicismo, Concordato de 1953, monopolio sobre la escuela y la censura de las costumbres. Allí donde disintió, de Múgica a los presos de Zamora, fue tratada como enemiga. No son dos regímenes sucesivos, sino un solo principio: función delegada dentro del monopolio por un lado, disidencia criminalizada por otro. Ninguna de las dos cosas es pluralismo. Y se observará que la represión de los primeros años alcanzó al clero vasco y catalán tanto como periferia cuanto como disidencia: era el Una aplastando el catolicismo periférico para imponer una Iglesia única. El contraejemplo, examinado, se convierte en demostración.
Franco y la ausencia de disidencia interna en la cúpula del régimen
Llega entonces la prueba decisiva, y consiste en una asimetría. Otros totalitarismos conocieron en su seno la disidencia hasta el regicidio. Contra Hitler, el atentado del 20 de julio de 1944 fue preparado por oficiales de su propio Ejército, precedido ya en 1939 por la bomba de Georg Elser. Contra Mussolini, aún más: el Gran Consejo del Fascismo, órgano supremo del régimen, lo destituyó los días 24 y 25 de julio de 1943, antes de que el rey ordenara su detención.13 La disidencia vino allí del corazón mismo del aparato.
En España, nada. Franco fue objetivo de enemigos exteriores —anarquistas y más tarde ETA—, nunca de los suyos. Hubo fricciones internas: el asunto de Begoña en 1942, la guerra sorda entre Falange y tecnócratas, el escándalo Matesa en 1969. Pero todas disputaban el favor del jefe; ninguna puso en cuestión su autoridad. Y a la hora de la verdad, el régimen se mantuvo como un bloque. Dos meses antes de la muerte del dictador, bajo la protesta internacional, el Consejo de Ministros del 26 de septiembre de 1975 ratificó por unanimidad, siguiendo las directrices de Franco, las cinco últimas ejecuciones: dos militantes de ETA y tres del FRAP, fusilados al día siguiente.14 Ni una dimisión. Ni una ruptura. Ni un gesto del heredero.
¿Por qué Italia pudo destituir a su Duce y España nunca a su Caudillo? Porque en Italia subsistía una institución residual dotada de legitimidad propia, la Corona, capaz de actuar contra él, y en Alemania un Ejército con raíces aristocráticas. El franquismo, en cambio, había absorbido todo contrapoder: era la fuente de la futura monarquía, dominaba al Ejército, a la Iglesia y al partido. La ausencia de disidencia interna no es un accidente de temperamento; es la medida de la completitud con la que había neutralizado toda instancia capaz de resistírsele.
Los tecnócratas del Opus Dei y el falso pluralismo del régimen
Se invoca finalmente, para demostrar la apertura del régimen en sus últimas décadas, a los tecnócratas del Opus Dei —Ullastres, Navarro Rubio, López Rodó—, esa élite llegada al poder en 1957 que impulsó el Plan de Estabilización de 1959 y miró hacia Europa. He aquí, se dice, una familia portadora de un proyecto distinto y, por tanto, prueba de un pluralismo real. Pero si la familia más autónoma e internacionalizada nunca disintió tampoco, no había pluralismo: había división del trabajo. Los tecnócratas no cuestionaban el monopolio; lo administraban. Cambiaron la política económica del régimen, nunca su derecho a gobernar.
Su silencio resulta incluso más elocuente que el de los demás. Su ideología declarada era el rechazo de la ideología: la técnica, el desarrollo, el fin de las ideologías. Ahora bien, esa pretensión de apoliticismo no es una escapatoria fuera del monolito, sino su forma acabada: declararse simple gestor significa considerar indiscutible el marco y limitarse a optimizar dentro de él. Y cuando esa familia fue realmente atacada, con ocasión del escándalo Matesa en 1969, fue Falange quien lo hizo, y el árbitro resolvió formando un Gobierno todavía más tecnocrático. Una guerra de familias resuelta por el amo, nunca un desafío al amo. La ironía es que esos mismos hombres fueron los ingenieros de la continuidad: López Rodó blindó la designación de Juan Carlos en 1969. La familia que mejor podía abrir una grieta hacia el después de Franco empleó su competencia en apretar el nudo.
Fritz Kolbe: decir no desde dentro de un aparato totalitario
El régimen alemán, con todo su terror, produjo algo que el franquismo nunca produjo. Fritz Kolbe era funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores del Reich, uno de los hombres mejor informados de la casa, y había permanecido allí sin afiliarse jamás al partido, porque la dictadura necesitaba funcionarios competentes y no necesariamente militantes para hacer funcionar sus administraciones. Ese rechazo, que al principio le valió tareas subalternas, era expresión de una conciencia antinazi antigua y firme.
En 1943, reasignado como correo diplomático, tuvo acceso a telegramas secretos. Eligió entonces actuar, bajo su exclusiva responsabilidad. Copiaba y fotografiaba los documentos que pasaban por su mesa y los llevaba a los Aliados en Berna durante sus viajes con la valija diplomática: entre mil seiscientas y dos mil seiscientas piezas. Primero se dirigió a los británicos, que lo tomaron por un señuelo y lo rechazaron; fueron los estadounidenses, Allen Dulles y la OSS —futuro núcleo de la CIA—, quienes comprendieron lo que tenían entre manos. Un detalle define al hombre: rechazó toda remuneración. No traicionaba por dinero; actuaba por convicción.
La posguerra alemana y el castigo a quien traicionó a Hitler
Lo que vino después es lo más instructivo para nuestro propósito. Terminada la guerra, Kolbe no fue homenajeado. Fue apartado. Una administración de Alemania Occidental supuestamente desnazificada, ampliamente poblada por antiguos diplomáticos del Reich, lo consideró un traidor. Su solicitud de reincorporación al Ministerio fue rechazada en 1951, se le negó todo empleo público bajo Adenauer y el hombre que había arriesgado la vida contra Hitler acabó como representante europeo de un fabricante estadounidense de motosierras, antes de morir en la oscuridad en Berna en 1971. Hubo que esperar hasta 2004 para que el Ministerio alemán de Asuntos Exteriores rehabilitara su memoria y diera su nombre a una de sus salas, reconociendo uno de los episodios más vergonzosos de su historia de posguerra.
Conviene añadir, para disipar una confusión extendida, que nunca recibió la ciudadanía estadounidense. Lo que se desclasificó en 1998, bajo la presidencia de Clinton, fueron los archivos de inteligencia que lo concernían, y esa apertura permitió por fin contar su historia. La CIA, que lo consideraba el espía más importante de la guerra, había depositado una corona de flores sobre su féretro.
Lo que el aparato franquista nunca produjo desde dentro
Hay que evitar aquí un atajo. Decir que Kolbe representa algo que España no conoció no significa en absoluto que los españoles no resistieran. El antifranquismo fue inmenso y sangró: clandestinos comunistas y socialistas, anarquistas, Comisiones Obreras, la CNT, estudiantes, sacerdotes vascos, exiliados, hasta los cinco fusilados de septiembre de 1975. La resistencia española existió, abundante y valiente.
Pero procedió de los enemigos que el propio régimen había designado y a los que aplastó desde fuera. Lo que el franquismo nunca produjo fue precisamente lo que fue Kolbe: un servidor del aparato de Estado que se volvió contra el régimen desde su propio despacho, con las manos desnudas y arriesgando la vida. Un funcionario del Ministerio, no un opositor clandestino. El aparato alemán, por cómplice que fuera, engendró algunos hombres de esa especie: Kolbe y los oficiales del 20 de julio. El aparato franquista no engendró a uno solo. Ni un ministro, ni un general, ni un alto funcionario traicionó a Franco para traicionar el crimen. Es el «atado y bien atado» visto por el reverso, esta vez con un rostro humano enfrente para medir el vacío.
Queda la simetría de las dos posguerras, y esa es la verdadera lección. La administración de Alemania Occidental rehabilitó a sus cómplices y desterró a su justo. La administración española, muerta la dictadura, recicló a sus policías y olvidó a sus resistentes. El mismo gesto en dos capitales: el aparato sobrevive al régimen y conserva sus rencores. Kolbe no es, por tanto, una curiosidad extranjera dentro de este expediente. Es la demostración española vista desde fuera.
Fuentes: Lucas Delattre, Fritz Kolbe, un espion au cœur du IIIᵉ Reich (2003), biografía de referencia establecida a partir de los archivos de inteligencia desclasificados en 1998; U.S. National Archives, «Fritz Kolbe / George Wood», Prologue Magazine, 2002; rehabilitación por el Ministerio Federal de Asuntos Exteriores, 2004.
La última objeción a la tesis del totalitarismo franquista
Queda una última defensa, la más fina. Un linziano puede invertir la asimetría: si ninguna familia pudo desafiar al jefe, ¿no será porque al franquismo le faltaba un partido único autónomo y ambicioso, esa dinámica de movimiento que caracteriza al totalitarismo y que, en Hitler y Mussolini, podía precisamente volverse contra el jefe? La ausencia de un Stauffenberg español probaría entonces la dictadura personal, el caudillaje, el parafascismo, no el totalitarismo.
La respuesta cierra el expediente. El monismo sigue siendo monismo, tanto si lo sostiene un partido movilizado como si se personaliza en un hombre. El criterio no es la fuente de la energía totalitaria, sino el rechazo de cualquier afuera legítimo y la reivindicación de un derecho de intervención sin límites, que el régimen poseía. La personalización del monopolio no es un totalitarismo rebajado; es el principio del jefe llevado a su perfección, el monolito tan completo que ni siquiera deja en la cumbre la facultad de disentir. La ausencia de un 20 de julio español no es prueba de un totalitarismo fallido, sino de un totalitarismo consumado.
Se objetará que el control nunca fue total, que existieron resistencias, que el régimen envejecido se adormeció. Es cierto, y no demuestra nada contra la tesis. El totalitarismo no fracasa por falta de voluntad totalitaria; fracasa porque su proyecto es demiúrgico: dominar no solo las instituciones y las conductas, sino también el tiempo, la memoria y la definición del hombre. El factor humano no es un término conocido de su ecuación, sino su incógnita irreductible. El individuo puede obedecer sin creer, callar sin consentir, transmitir aquello que debía ser olvidado. Las fisuras no prueban, por tanto, la ausencia del proyecto; revelan la resistencia de aquello que ningún poder consigue transformar del todo en objeto. Hay que clasificar el régimen por su proyecto y por su aparato, no por la imperfección de su resultado.
Conclusión: «España, Una, Grande y Libre» como confesión del proyecto totalitario
Ahora bien, el proyecto aquí no se deduce: se lee. El Fuero del Trabajo de 1938 define el Estado como un «instrumento totalitario al servicio de la integridad de la patria».15 El régimen se nombró a sí mismo. No hace falta atribuirle una esencia que reivindicaba en su ley fundacional. Alrededor de esa palabra aparece todo el aparato: el sindicato único, la Iglesia fusionada, la escuela, la familia y la memoria sometidas a una sola verdad, y la ausencia de cualquier límite de principio al derecho de intervenir.
Tres movimientos bastan para demostrarlo. Porque sus familias nunca fueron un pluralismo, sino servidoras de un monopolio; porque su Iglesia fue fusionada allí donde se plegó y quebrada allí donde habló, nunca reconocida como oposición; porque su cúpula, desde los generales hasta los tecnócratas, no disintió una sola vez en cuarenta años, ni siquiera a la hora de los últimos fusilados, ni siquiera en el heredero. No es ausencia de vida política. Es la consumación del bloque.
Si los historiadores siguen discutiendo si el franquismo fue «totalitario» o «autoritario», el lema no admite ambigüedad. Por su rechazo de la pluralidad, su mito de renacimiento imperial, su inversión de la libertad y su liturgia de masas, concentra la esencia del totalitarismo: la voluntad de remodelar al hombre y a la sociedad dentro de un dogma cerrado. Llamar a eso «autoritarismo» significa describir el régimen por la medida de sus fracasos, no por la amplitud de su proyecto. Franco, en cambio, había elegido la palabra justa. Cuando aseguró que todo quedaba «atado y bien atado», no fanfarroneaba. Confesaba. Un régimen que blinda hasta su propia sucesión sin producir una sola grieta interna ha realizado el monolito que proyectaba. Eso es un totalitarismo. Y si hubiera que decir, para terminar, qué fue la dictadura española en una sola frase, sería esta: la voluntad de uno convertida en institución, aparato y lema, hasta no dejar a nadie, ni siquiera a los suyos, el derecho a ser dos.
Notas y referencias
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Claude Lefort, L’invention démocratique. Les limites de la domination totalitaire, París, Fayard, 1981. Sobre el fantasma del «Pueblo-Uno» y la abolición de la división social. ↩
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Roger Griffin, The Nature of Fascism, Londres, Routledge, 1991: el fascismo como «ultranacionalismo palingenético». ↩
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Sobre la asignación natalista y doméstica de la mujer, véase nuestro artículo Ellas ya trabajaban, y sobre la fabricación escolar de la identidad nacional, [el artículo sobre la escuela franquista]. ↩
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Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, 1951, sobre la lógica ideológica; George Orwell, 1984, 1949, para la neolengua. ↩
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Doble inversión, documentada en los propios textos del régimen. Sobre la mujer: Fuero del Trabajo de 9 de marzo de 1938, declaración II: el Estado «liberará a la mujer casada del taller y de la fábrica», BOE de 10 de marzo de 1938; demostración completa en Ellas ya trabajaban. Sobre el sindicato: la declaración XIII del mismo Fuero instituye la verticalidad («un orden de sindicatos industriales, agrarios y de servicios… que comprenda todos los factores de la producción»), y el Fuero califica los ceses de trabajo de «delitos de lesa patria» (declaración XI). El cerrojo queda establecido por la Ley de Unidad Sindical de 26 de enero de 1940 (BOE n.º 31 de 31 de enero de 1940, pp. 772-773), cuyo artículo 1.º convierte la organización sindical de FET y de las JONS en «la única reconocida con personalidad suficiente por el Estado, quien no admitirá la existencia de ninguna otra con fines análogos o similares», y cuyo preámbulo proclama tres principios inspiradores: «Unidad, Totalidad y Jerarquía». La constitución orgánica del sindicato vertical continúa con la Ley de Bases de la Organización Sindical de 6 de diciembre de 1940 (BOE de 7 de diciembre de 1940). Véase [el artículo sobre el sindicato único]. ↩
-
Emilio Gentile, sobre la «religión política» de los regímenes totalitarios; véase especialmente Le religioni della politica, Roma-Bari, Laterza, 2001. Sobre el encuadramiento ritual de la juventud, El encuadramiento de la juventud. ↩
-
Juan J. Linz, «An Authoritarian Regime: The Case of Spain», 1964. La categoría del «autoritarismo» fue construida en gran medida a partir del caso español, lo que da al debate toda su importancia: cuestionar la clasificación de Franco significa cuestionar la propia fuente de la categoría. ↩
-
Sobre la escuela catequética y la asignación de roles, véanse [el artículo sobre la escuela] y [el artículo sobre el nacionalcatolicismo]. La distinción entre proyecto y resultado obliga a tratar la desmovilización de las últimas décadas del régimen como una variación de intensidad, no como una renuncia al proyecto. ↩
-
Franz Neumann, Behemoth. The Structure and Practice of National Socialism, 1942, sobre la policracia de los aparatos competidores del Tercer Reich. ↩
-
La cifra de dieciséis sacerdotes vascos fusilados en 1936 fue admitida por la propia propaganda franquista, bajo la pluma del P. Constantino Bayle, que la presentaba como «exigua». Sobre el episodio: Julián Casanova, La Iglesia de Franco, Madrid, 2001, obra de referencia. ↩
-
Mateo Múgica, obispo de Vitoria, expulsado de España en 1936 y exiliado hasta 1947; junto con el cardenal Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona muerto en el exilio, se negó a firmar la Carta Colectiva del episcopado español de 1 de julio de 1937 (48 prelados firmantes). Múgica expuso a la Santa Sede que la Iglesia «no es libre» en la España de Franco. ↩
-
Prisión concordataria de Zamora, reservada a sacerdotes condenados por oposición al régimen, en funcionamiento de 1968 a 1976. ↩
-
Atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler (complot de la Wehrmacht, coronel von Stauffenberg), precedido por el atentado de Georg Elser en noviembre de 1939. Caída de Mussolini: sesión del Gran Consejo del Fascismo de los días 24-25 de julio de 1943 (moción Grandi) y detención ordenada por el rey Víctor Manuel III. ↩
-
El Consejo de Ministros de 26 de septiembre de 1975 conmutó seis de las once condenas a muerte y confirmó cinco ejecuciones, por unanimidad y siguiendo las directrices de Franco. Fueron fusilados el 27 de septiembre de 1975 Ángel Otaegui y Juan Paredes Manot (ETA), José Humberto Baena, José Luis Sánchez-Bravo y Ramón García Sanz (FRAP). ↩
-
Fuero del Trabajo, 9 de marzo de 1938: el Estado es definido como «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria». BOE de 10 de marzo de 1938, n.º 505, pp. 6178-6181. Sobre los honores hereditarios concedidos a los servidores del régimen, véase La nobleza franquista. ↩