Serrano Suñer el asesor de Franco el padrino
Serrano Suñer y la construcción jurídica del franquismo
«Contribuir a encuadrar el Movimiento Nacional en un régimen jurídico, es decir, a instituir el Estado de derecho.»1
Ramón Serrano Suñer, Entre Hendaya y Gibraltar, 1947.
De la sublevación al Estado: leyes para organizar el nuevo poder
Después de la bendición, el código. La legitimación religiosa aportada por el «Monsignore» del régimen franquista podía gobernar las almas, pero un Estado no se sostiene con sermones. Necesita decretos, artículos, jurisdicciones y un hombre para escribir lo que el jefe se limita a querer.
Ese fue el papel del consejero. El primero en desempeñarlo supo mejor que nadie dar al crimen la forma fría de la ley. No tomó el dinero como el financiador. No bendijo las armas como el prelado. Tomó la pluma y, con ella, vistió el golpe de Estado con un traje jurídico tan bien cortado que en adelante se pudo confiscar, censurar, encarcelar y condenar sin abandonar jamás las apariencias del derecho.
El epígrafe lo dice con sus propias palabras. Su misión fue instituir «el Estado de derecho». Conviene retener la fórmula, pues contiene la función misma del consigliere. No suprime el crimen. Le encuentra un estatuto.
La ley no vino a sustituir la violencia. Vino a organizarla, a prolongarla y a hacerla administrativamente presentable. El pelotón había precedido al formulario. El consejero dio después al formulario el poder de continuar la obra del pelotón.
El ascenso de Serrano Suñer junto a Franco
Ramón Serrano Suñer era el cuñado del jefe. Casado con Ramona Polo, llamada Zita, hermana de Carmen Polo, pronto fue apodado el «Cuñadísimo». El apodo burlón decía a la vez su parentesco, su ascenso y el carácter doméstico de un poder que trataba el Estado como un asunto de familia.
Jurista brillante, que ingresó a los veintitrés años en el cuerpo de abogados del Estado, antiguo diputado de la derecha católica bajo la República, había sido encarcelado en Madrid tras la sublevación. Se fugó, pasó a la zona sublevada y llegó a Salamanca el 20 de febrero de 1937. Franco lo acogió como pariente. Carmen Polo lo apoyó como aliada. En pocos meses, el hombre que aún no ejercía ninguna función ministerial se convirtió en el principal confidente político del jefe y en el arquitecto civil del poder en construcción.2
Su primer combate se libró en la casa. Hasta entonces, Nicolás Franco, hermano del dictador, ocupaba junto a él un lugar esencial. Serrano Suñer lo fue desplazando, redujo su influencia y acabó por suplantarlo. La alianza se impuso sobre la sangre. El cuñado le quitó al hermano el oído del jefe.
He ahí el primer drama de familia del nuevo Estado. En un clan, el lugar más disputado no es el del padrino. Es el del hombre que le habla al oído.
Serrano Suñer comprendió mejor que Nicolás Franco lo que quería Franco, el padrino convertido en jefe del Estado: no una doctrina capaz de dictarle su conducta, sino una doctrina lo bastante flexible para santificar cada una de sus decisiones. No había que encerrar al jefe en un sistema. Había que encerrar al país en la voluntad del jefe.
Unificación, Fuero del Trabajo y Ley de Prensa de 1938
Tres textos se asocian habitualmente a la obra de Serrano Suñer: el decreto de unificación de 1937, el Fuero del Trabajo y la ley de prensa de 1938. Son esenciales, pero no bastan. El texto que da su armazón administrativa al nuevo Estado es la ley del 30 de enero de 1938 que organiza la administración central.
El decreto de unificación del 19 de abril de 1937 fusionó la Falange y la Comunión Tradicionalista en la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Disolvía las demás organizaciones políticas y colocaba el partido único bajo la autoridad suprema de Franco. Serrano Suñer fue su principal artífice político, no su redactor solitario. El decreto no creó por sí solo el desierto político, pues los partidos del Frente Popular ya habían sido prohibidos en la zona sublevada. Consumó la liquidación del pluralismo y sometió a las fuerzas falangistas y carlistas al jefe que pretendía unirlas.3
La ley del 30 de enero de 1938 transformó después el ensamblaje militar y administrativo de la rebelión en un gobierno compuesto de ministerios. Franco reunía la jefatura del Estado y la del gobierno. El poder de dictar las normas jurídicas seguía concentrado en sus manos. Serrano Suñer sustituía lo que llamaba un «Estado de campamento» por un aparato regular, pero la regularidad del aparato no limitaba al jefe. Daba a su poder despachos, competencias y una cadena de transmisión.
El 9 de marzo de 1938 llegó el Fuero del Trabajo, fuertemente inspirado en la Carta del Lavoro de la Italia fascista. Elaborado bajo el impulso de Serrano Suñer y de la dirección del partido, el texto suprimía los sindicatos libres, condenaba la huelga y encerraba a patronos y trabajadores en la organización vertical del Estado. El régimen llamó a eso armonía social. La libertad colectiva había sido sencillamente retirada de la conversación.
El 22 de abril de 1938, la ley de prensa sometió a los periódicos a la censura previa, a las consignas del poder, al control ejercido sobre sus directores y a la disciplina administrativa. La redacción material del texto recayó en José Antonio Giménez-Arnau, jefe del Servicio Nacional de Prensa, por orden y bajo la autoridad de Serrano Suñer. Esta precisión no exculpa al ministro. Muestra, al contrario, cómo funciona un aparato: el consejero inspira, elige, ordena y hace firmar; sus colaboradores redactan las líneas.4
A comienzos de 1939, el mismo dispositivo favoreció el nacimiento de la agencia EFE. Conviene aquí ser exacto. EFE se constituyó el 3 de enero de 1939 como sociedad anónima y el Estado no entró de inmediato en su capital. No era, por tanto, jurídicamente, una simple administración pública. No por ello dejó de concebirse para convertirse en una fuente central de la información del nuevo Estado, en un panorama donde el ministerio ya controlaba los periódicos, a sus responsables y lo que tenían derecho a imprimir.5
Amordazar la prensa y organizar la información autorizada fueron las dos caras del mismo trabajo. De un lado, el silencio impuesto. Del otro, la palabra suministrada.
Puso el partido único en artículos y lo llamó unidad. Organizó la censura y la llamó orden. Suprimió la libertad sindical y la llamó fuero del trabajo. Concentró el poder y lo llamó Estado de derecho. Una palabra bien colocada no valía un ejército, pero permitía al ejército presentarse como una institución.
Ley de Responsabilidades Políticas y represión de los vencidos
Es aquí donde la metáfora del traje cobra todo su sentido. El decreto de unificación organizaba a los vencedores. El Fuero organizaba el trabajo. La ley de prensa organizaba el silencio. Quedaba organizar el castigo.
La ley del 9 de febrero de 1939 sobre responsabilidades políticas hizo punibles actos cometidos desde el 1 de octubre de 1934. Podía golpear a quienes habían contribuido a la vida política republicana, apoyado a las organizaciones declaradas ilegales, resistido a la sublevación o simplemente manifestado una «pasividad grave» hacia el Movimiento Nacional. Las sanciones alcanzaban la libertad, la profesión, el domicilio y los bienes. La retroactividad transformaba el compromiso legal de ayer en falta política de hoy.
La ley del 1 de marzo de 1940 sobre la represión de la masonería y el comunismo prosiguió la misma lógica. Creó una jurisdicción especial, amplió la categoría del enemigo y transformó la pertenencia real, supuesta o pasada en falta penal. No procede atribuir a Serrano Suñer cada artículo de estas dos leyes como si las hubiera escrito solo en su despacho. Procede ver al aparato del que fue uno de los principales constructores producir exactamente el derecho para el que había sido edificado.6
La fidelidad al Estado legal se volvía rebelión. La rebelión victoriosa se volvía la ley.
La violencia ya no necesitaba ocultarse, puesto que en adelante podía abrir un expediente. El expolio recibía un número. La exclusión recibía un artículo. La cárcel recibía una sentencia. El régimen no renunciaba a la arbitrariedad: le proporcionaba papel con membrete.
Serrano Suñer y el proyecto totalitario del primer franquismo
Serrano Suñer no disimulaba el designio. Veía en la forma totalitaria del régimen la modernidad de su tiempo, en una Europa donde el fascismo y el nazismo parecían anunciar el porvenir y donde el liberalismo le parecía agotado.
El Fuero del Trabajo definía él mismo el Estado nacional como un «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria». El arquitecto reivindicaba la palabra que los defensores posteriores del edificio tratarían de borrar. Cuando un régimen se declara totalitario en su texto fundacional, no corresponde a la posteridad inventarle, por cortesía, una moderación que no reivindicaba.
Se clasifica un régimen atendiendo al designio de quienes lo edificaron cuando ese designio se halla escrito en sus leyes, organizado en sus instituciones y aplicado por sus tribunales.
Esto no significa que el franquismo permaneciera inmóvil durante casi cuarenta años. Cambió de personal, de lenguaje, de política económica y de fachada internacional. Pero la evolución de los medios no abolió ni el origen del poder, ni el partido único, ni la ausencia de pluralismo, ni la concentración de la autoridad. El proyecto totalitario pertenece a su fundación. No es un insulto retrospectivo. Son su vocabulario y su obra.
Serrano Suñer, la Alemania nazi y la División Azul
El fervor de Serrano Suñer no se detuvo en las fronteras. Germanófilo declarado, interlocutor de Joachim von Ribbentrop, de Galeazzo Ciano y de los dirigentes nazis, se convirtió en ministro de Asuntos Exteriores el 16 de octubre de 1940. Una semana más tarde, el 23 de octubre, acompañó a Franco a Hendaya para reunirse con Hitler. En junio de 1941, fue uno de los principales promotores del envío de la División Azul al frente soviético, bajo mando español pero integrada en la Wehrmacht.7
Este alineamiento no fue solo diplomático. La cooperación policial con la Alemania nazi permitió perseguir a los exiliados republicanos refugiados en la Francia ocupada. Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Cataluña, y Julián Zugazagoitia, antiguo ministro de la República, fueron detenidos por las autoridades alemanas, entregados a la España franquista, juzgados sumariamente y fusilados en 1940. El primero fue ejecutado en Barcelona el 15 de octubre; el segundo, en Madrid el 9 de noviembre.
Las capturas se produjeron cuando Serrano Suñer dirigía el ministerio encargado de la policía, antes de su paso a Asuntos Exteriores. Sería imprudente atribuirle cada orden operativa sin aportar la prueba. Sería más imprudente aún borrar la responsabilidad política del hombre bajo cuya autoridad las policías colaboraron y los vencidos fueron devueltos a sus verdugos.8
Más tarde contó ese período a su manera, haciendo de la prudencia final de Franco una sabiduría constante y del entusiasmo por el Eje una simple maniobra. Las fechas son menos flexibles que las memorias. Serrano Suñer apostó por una Europa alemana. Su caída no fue el castigo de esa política, sino la prueba de que el padrino sabía cambiar de apuesta cuando su consejero se volvía incómodo.
El atentado de Begoña y la caída de Serrano Suñer
El 15 de agosto de 1942, a la salida de una ceremonia carlista celebrada en la basílica de Begoña, en Bilbao, unos falangistas lanzaron granadas contra la multitud. El atentado causó decenas de heridos y sacó a la luz el enfrentamiento entre la Falange, los carlistas y una parte del ejército. No se trataba de un vago tiroteo entre facciones. Se trataba de un ataque falangista contra una concentración a la que asistía el general José Enrique Varela, ministro del Ejército.
Serrano Suñer se había vuelto demasiado visible, demasiado identificado con la Falange, demasiado incómodo para los militares y demasiado ligado al Eje en el momento en que la guerra mundial dejaba de prometer una victoria fácil a Alemania. Begoña no fue la causa única de su desgracia. Fue la ocasión que permitió a Franco zanjar varias rivalidades de un solo gesto.
El capitán de navío Luis Carrero Blanco, entonces subsecretario de la Presidencia, habría susurrado al jefe el argumento decisivo: si Serrano no abandonaba también el gobierno, la opinión concluiría que era él, y no Franco, quien mandaba. La fórmula la refieren los relatos históricos; ningún acta permite oírla directamente. Resume, no obstante, con una exactitud perfecta la regla de la casa.9
Nadie debe brillar más que el padrino, aunque sea su cuñado, aunque sea el hombre que ha escrito el Estado. El consigliere demasiado poderoso deja de ser un instrumento. Se convierte en una sombra proyectada sobre el amo.
La sombra se corta.
El 3 de septiembre de 1942, Franco apartó a Serrano Suñer del gobierno y de la dirección política del partido. El cuñado había suplantado al hermano. El padrino suplantó al cuñado.
La impunidad de Serrano Suñer después de 1942
Serrano Suñer vivió hasta los ciento un años. Tras su caída, no acabó ni en la cárcel ni en el exilio. Retomó su actividad de abogado, conservó un escaño en las Cortes franquistas, participó en empresas, contribuyó a la creación de Radio Intercontinental y siguió siendo un personaje del mundo social y económico del régimen.
Dedicó también parte de esa larga sobrevida a reapropiarse de su pasado. De libro en libro, reconstruyó su personaje: menos fascista, menos germanófilo, más prudente, a veces casi opositor. El historiador Joan Maria Thomàs confrontó esa versión con las investigaciones disponibles y concluyó el carácter en gran medida inexacto de la imagen así fabricada.10
Nunca rindió cuentas ante un tribunal por la parte que había tomado en la construcción del régimen, en su legislación represiva o en su cooperación con el Eje. Había contribuido a dar al poder su forma jurídica, y esa legalidad sirvió después de protección al régimen como a sus servidores.
Un hombre que había ayudado a escribir las leyes sabía mejor que nadie tras qué legalidad resguardarse.
Pero un Estado no vive solo de decretos fundacionales. Llegó el tiempo en que el fervor falangista ya no bastó, en que hicieron falta divisas, inversiones, crecimiento y una nueva respetabilidad. Al jurista de camisa azul sucedió el tecnócrata de traje oscuro.
Será el próximo episodio, dedicado a los tecnócratas del Opus Dei y a la segunda edad del consejero.
Fuentes y referencias documentales
- Ramón Serrano Suñer, Entre Hendaya y Gibraltar, Madrid, Ediciones y Publicaciones Españolas, 1947, pp. 31-32. La fórmula la estudia Nicolás Sesma Landrin en «Franquismo, ¿Estado de Derecho?», Pasado y Memoria, n.º 5, 2006. ↩︎
- Sobre el ascenso de Serrano Suñer, su papel de jurista y su lugar en la construcción del régimen: RTVE, «Serrano Suñer: ascenso y caída del arquitecto del Régimen». ↩︎
- Textos oficiales: decreto n.º 255 del 19 de abril de 1937 de unificación política; ley del 30 de enero de 1938 que organiza la administración central del Estado. ↩︎
- Textos oficiales: Fuero del Trabajo del 9 de marzo de 1938; ley de prensa del 22 de abril de 1938. Sobre la redacción encomendada a José Antonio Giménez-Arnau bajo la autoridad de Serrano Suñer: Álvaro de Diego González, «La lucha por el control de la prensa en el primer franquismo». ↩︎
- Agencia EFE, «1939: EFE viene al mundo». Esta historia institucional confirma la constitución de la sociedad el 3 de enero de 1939 y precisa que el Estado no entró en su capital hasta 1956. ↩︎
- Textos oficiales: ley del 9 de febrero de 1939 sobre responsabilidades políticas; ley del 1 de marzo de 1940 sobre la represión de la masonería y el comunismo. ↩︎
- Sobre la política exterior de Serrano Suñer: Antonio Marquina Barrio, «La etapa de Ramón Serrano Suñer en el Ministerio de Asuntos Exteriores». Véanse también las imágenes de archivo del encuentro de Hendaya, RTVE, 23 de octubre de 1940. ↩︎
- Sobre la colaboración policial, las persecuciones de exiliados y los casos de Lluís Companys y Julián Zugazagoitia: Memorial Democràtic de la Generalitat de Catalunya, expediente «Franco neutral?». ↩︎
- Sobre el atentado de Begoña, la crisis política de 1942 y la caída de Serrano Suñer: RTVE, «Serrano Suñer: ascenso y caída del arquitecto del Régimen». La frase atribuida a Carrero Blanco la refieren los relatos históricos, sin acta conocida de la conversación. ↩︎
- Joan Maria Thomàs, «Getting to know Ramón Serrano Suñer: reality and invention, 1937-42», International Journal of Iberian Studies, vol. 18, n.º 3, 2005, pp. 165-179. Para sus funciones oficiales después de 1942: ficha histórica del Congreso de los Diputados dedicada a Ramón Serrano Suñer. ↩︎